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  RAFA FORTEZA. LAS PRESENCIAS DE UN GUIÑOL
Arnau Puig


arnaugrandeMientras los artistas muestran en sus obras como ven, aman u odian lo que les entorna, Rafa Forteza extrae del mundo interior con que se ha encontrado cómo su sentimiento percibe, aprecia o rechaza aquella naturaleza –se la encuentra dada, sin que hayan sido consultados ni su mente ni su sensibilidad– que involuntariamente le constituye. Mientras los primeros miran lo que hay y hablan de sus gustos y afectos, el segundo se contempla pasmado a sí mismo preguntándose: ¿aunque no reniego de ello, como es posible que yo sea lo que extraigo de mí mismo? ¿Acaso soy un personaje de guiñol o me encuentro manejando los personajes de un teatrillo de títeres?

Para intentar resolverlo podríamos decir que sus obras han iniciado un proceso de deconstrucción para deshacer las dicotomías planteadas; pero no seguiremos por ahí e intentaremos hallar las respuestas por otros vericuetos.

Este cuestionarse quizá podríamos empezar a considerarlo acercándonos al viejo mito de Narciso, que en absoluto debe coincidir con la superficialidad con que se le muestra de fatuo enamorado de sí mismo. ¿No podría ser, en ese mito tan antiguo casi como la humanidad misma, que Narciso buscara su propia faz para empezar a saberse de él mismo, que era su propio desconocido? Porque, ¿de dónde le puede venir al ser humano esa necesidad de encontrarse si se sabe que aquello que haces se lo hace a otro que al final va a ser él mismo? El Eco que acompaña a Narciso ¿acaso no sería la primera manifestación del reencuentro? Porque se actúa para otro, que es como el desdoblado de sí mismo; no, como se ha dicho en muchas ocasiones, el doble, el que está al otro lado del espejo, el clonado, como se dice ahora, que quiere decir el igual y no aquel que se crea con nuestras acciones, en el caso de Narciso con el intentar ver quién es aquel con el cual nos las habemos.

No en vano el ser humano ha atribuido al ser trascendente –aquel alguien con el que cree que tiene que habérselas para intentar saberse de sí mismo o, al menos, del por qué tiene que actuar de una determinada manera, para intentar saber por qué actúa, porque es él quien tiene (debe ser una suposición implícita a su misma entidad) esa necesidad de saberse, de auscultarse–, que ha motivado que el ser humano haya atribuido a esta trascendencia ignota, pero preocupante, el apelativo de vultus absconditus, el que no muestra la cara y, sin embargo, está presente, te molesta, interfiere en ti, que no te sientes insensible como los animales, te provoca la cansada y fatigosa necesidad del conocerte, gnothi seauton de los clásicos, te hace nacer la preocupación acerca de tu esencia, de tu comportamiento e incluso de tu conducta, toda una ética que aparecería al margen y además de la existencia. Narciso pretende descubrirse mirándose en la tersa faz del agua estancada. Él no puede continuar siendo aquel voluntario, esto es lo peor y más alevoso, vultus absconditus porque necesita desesperadamente conocerse.

Esa tarea es la que ha iniciado Forteza. Es, se siente, artista, pero para poder actuar como tal antes ha de saberse él mismo quien es. ¿Cómo podría dar “faz”, rostro, cara, presencia a las cosas y a su entorno si, antes, no se supiera él de sí mismo?

arnaugrandedosForteza se ha dado cuenta que lo que las cosas sean ya está contenido en ellas mismas. Por eso en un inicio hizo de sus esculturas un paquete, o desde lo que en su persona estaba contenido elaboró el paquete que fueron sus esculturas. No había que hacer otra cosa para que se percibiera el denso contenido artístico y estético de su obra que mostrar el “paquete”, compacto, atado, entrelazado.

Ahora piensa que lo que debe hacer es mostrar sus caps-es que contienen la caja como continente y la cabeza, que es el continente mismo de lo que contienen las cajas. Como señalaron los aventureros del arte del siglo XX –desde Alfred Jarry, pasando por Raymond Roussel, hasta los surrealistas, dadaistas comprendidos– en las palabras hay las semillas y su afloración; es solo cuestión de “saber leer”, de darse cuenta del contenido que hay en todo continente. Porque no puede haber un continente, una forma, sin que sea tal precisamente por su contenido. Eso es la cabeza, eso son las cabezas que elabora Rafa Forteza. Las elabora desde el sentimiento porque no tiene una razón que las ordene u organice previamente. En una semilla puedes ver el árbol que hay implícito, puedes pintar un rostro que no posee una  cara pero desde el que surge la que cada uno será capaz o estará dispuesto a ver. Arbol o cara, cada uno verá su imagen, la que él posee. La semilla, como las palabras o la forma, hay que sembrarla en buena tierra para que germine. En las actitudes, en las acciones, en las palabras hay una áurea que el artista hace aflorar y muestra en las imágenes que emergen de su acción creativa.

Forteza propugna comenzar desde una introspección que lleva a la germinación, a través de la cual se va a ver que hay algo que uno mismo desconoce de sí mismo. Ahí está el calado pìctórico plástico que revisten muchas de sus caras, que dejan traslucir lo que unos elementos básicos, la tierra, el fuego, el aire, el agua, van a mostrar como han moldeado aquella semilla intransferible que es cada uno, pero que no es por la introspección, este adentrarse dejando al margen lo aparente, que sería la realidad, la imagen “real” que muestra el espejo de azogue, no aquel que pueda surgir de la sensibilidad de un artista o poeta, como es el caso de su obra..

En estas obras se empieza a construir desde dentro; no hay que percibirlas desde fuera, por sus analogías con nuestros hábitos perceptivos. Los elementos que componen sus obras van surgiendo dinámicamente desde los huecos, desde los vacíos. No se puede proceder a verlas estáticamente, como máscaras, hechas, confeccionadas. Es preciso incluso orientar la actitud no solo del que hace la obra sino de quien la contempla, pues mientras este, si no está preparado al observarla, busca por cultura lo que ya sabe de lo que ve, lo que hay que hacer es darse cuenta de que la faz emerge de ella misma, de sus diferentes núcleos de fuerza, lo que impone una visión dinámica, que es la única que nos puede revelar el sentido y la dimensión de la obra.

arnaugrandetresDe todas maneras, en estas obras quizá más que ver lo que provocan, lo que se experimenta ante ellas es más una sensación de que si no alcanzas a ver lo mostrado, el sentimiento te llama la atención sobre los contenidos que están emanando de la imagen. Se trata, imponen, percepciones activas.

Como cada obra es un proceso germinativo, en cada una de ellas el artista reinicia una búsqueda acerca del contenido e identidad de la semilla que pretende aflorar, aunque no sea él quien la ha impuesto, pero sí que es él quien la transporta y tiene el deber de transmitir su contenido para que se vea la realidad auténtica de cada faz, el desvelar de la verdad a que aludían los antiguos. Si no se puede pretender desarrollar ante esta actitud el contenido de una filosofía del espíritu de tipo hegeliano, puesto que se supondría que los contenidos tienen una dimensión eterna, atemporal, sí que es dable aludir a lo que permite una filosofía de la existencia, que haría arrancar las semillas o gérmenes de una historia que se le ha impuesto a quien se ve obligado a desarrollar aquella semilla. Ello supondría, y de ahí nacería la fuerza de este trabajo, esculturas, cajas o cabezas de Forteza, que implicaría que cada ser humano tiene que reiniciar su descubrimiento, que es el de las raíces en las que las circunstancias le han implicado.

La estructura matérica de la obra obliga a prestar atención al contenido germinativo que en cada obra aflora y que si bien es diferente el proceso en cada obra realizada, no obstante es solo con todas ellas que es posible ir avanzando en aquella extraña y personal historia, que no es propia ni única pero que sí es necesario desvelar para saber realmente las raíces ancestrales, rácicas tal vez, constitutivas de los portadores de esos gérmenes, así como la historia de todos los hombres en general. El rostro se le ofrece como uno de los territorios que más le permiten iniciar la espeleología de la conciencia, que Forteza no limita a una analítica fisiognómica de los rasgos faciales.

Los rostros de Forteza están sembrados de arremolinadas vorágines que aluden a las fuertes fuerzas centrípetas y centrífugas que constituyen la realidad de lo que cada cosa pueda ser. El remolino, del que Allan Poe hizo su mayor exaltación en  Maelstrom, es engullidor y emergente a la vez porque es a través de él y desde él que se muestran los contenidos de lo insondable. Desde su fondo, recuerda Forteza, el artista hace emerger los contenidos de un infinito insondable que forzosamente ha de ser limitado, porque si no fuera así no tendría sentido el drama que se gesta en cada persona que alcanza toda su intensidad precisamente porque es único, propio y personal y, por consiguiente, insubstituible y que de no ser aflorado por el artista creeríamos que no existe cuando, precisamente por la vorágine del remolino, se nos pone en evidencia su realidad. Hay que dominar la insondabilidad para que la semilla sea una esencia real. El drama de cada imagen de Forteza nace de ello y sus variantes son los rostros de cada hombre pero también son las variantes de su propia semilla, que se escapa en cada ocasión en la que se le quiere dar, otorgar, la forma. Por esto en tantas ocasiones titula sus obras como un otear, un entrever, un visionar –un ver interesándose por lo visto– porque son maneras de aproximarse, de apercibir lo insondable que apunta en cada faz. Caras que se muestran como un aparente amasijo de signos, como aquellos rasgos casi incomprensibles que constituyen los laberintos y las cárceles de Piranesi, que sugieren, aunque no definan, pero que acaban delimitando lo que quieren transcribir, dar a entender, explicitarlo inequívocamente, aunque no lo sea ni razonable ni razonadamente.

El ser humano ha intentado explicarse a sí mismo mediante la contraposición entre lo luciferino y lo angélico, pero habría que entenderlo bajo una forma de emergencia entre lo que oscilaría en la obscuridad profunda de lo que se siente pero no se expresa y lo que es configurable. Estas obras se hallan en la fase de un intento gestual de estructura, nerviosa, expresiva, de lo que es el contenido de la semilla. Casi se podría decir que se trata de una explicitación de las profundidades –del contenido de la semilla–  que va de lo condensado de un poema hasta que de ello se extrae el relato explícito de la novela. Cada una de las obras muestra este desarrollo.

Serían estas obras unos ejercicios acerca de los contenidos materiales de la existencia del ser que se materializan gracias a la gestualidad del artista, que supera todos los principios de la bi o de la tri dimensionalidad al transcribir sus vivencias que se muestran como líneas, manchas, texturas, collages o ensamblajes impregnados de energía vital, reflejo de los impulsos del alma, el pensamiento y la conciencia y de todo lo que sus sentimientos y emociones le dicen que configuran las cosas, que así quedan puestas de manifiesto, pueden ser materialmente  vistas, tocadas u oídas, que es lo propio del lenguaje plástico

Ante estas obras no hablaría de religiosidad porque ésta sería la expresión no plástica de lo sentido y barruntado. Ante estas obras hablaría estrictamente del lenguaje plástico tal como lo entendió Hegel: exteriorización de sensaciones,  sentimientos e ideas. Lo que no sabría decir es si esos matices del alma son esencias de la humanidad como idea o bien se limitan a ser contenidos históricos del vivir y penar. Me invita a ello los diferentes grados de definición e indefinición de cada una de las obras. Son siempre intentos existencialmente fracasados de una esencia que puede barruntarse pero que no halla concreción posible.

Como los juegos de palabras que en diferentes conjuntos o agrupaciones sintagmáticos dan lugar a las variantes significativas que hallan los simbolistas, los dadaistas y los  surrealistas, que tan proclives han sido para este tipo de busca esencial. Y a los que ahora Rafa Forteza da forma y presencia con sus Caps-capses.

RETROSPECTIVA RAFA FORTEZA. “CAPS-ES”
Casal Solleric /
Palma / 2002


 

 
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