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CONVERSACIÓN..ES
Txema González Bravo


El desarrollo urbano de la ciudad de Palma nació a partir del derribo de las murallas, en el año primero del siglo XX, y entre sus escombros sitúan algunos historiadores el comienzo de la modernidad. Aquel tránsito al futuro sentó también las nuevas bases arquitectónicas de una ciudad floreciente que iba a expandirse alrededor de la ciudad antigua y mostrar su rostro al mar definitivamente. La necesidad de defensa y de plaza militar histórica había desaparecido desde mediados del siglo XIX y la ordenación del paisaje urbano vendría determinada por el fuerte crecimiento de su actividad comercial y turística.


El derribo de las murallas, entonces, fue un acontecimiento crucial no sólo para los palmesanos sino también para la traza urbana de la ciudad. De ello he hablado con Rafa Forteza, paseando por las calles del barrio donde creció, muy cerca de la plaza en la que ahora se alza una de sus esculturas. Hemos hablado de arte, de arquitectura, de nuevas tecnologías, de la influencia del pensamiento y las vanguardias artísticas en los procesos urbanísticos.

Estamos en la calle Blanquerna y, observando su nuevo aspecto, el artista declara su admiración por quienes proyectaron los sucesivos planes urbanísticos de la ciudad  “porque mostraron especial interés en destacar el carácter cívico de sus intervenciones”. Para Rafa Forteza, estos arquitectos diseñaron espacios funcionales pero también, lo que en su opinión es más importante, “tuvieron en cuenta aspectos simbólicos (tradición, cultura, costumbres) que consideraban determinantes en la construcción histórica y estética del paisaje urbano”. Se refiere especialmente a los arquitectos Calvet, Bennàzar y Alomar. “La realidad, sin embargo, ha sido bastante cruel. En Palma sospecho que hemos sido muy torpes, hemos hecho de esta ciudad una malquerida, existe el orgullo de ‘ser de Mallorca’, pero no existe el orgullo de ‘ser de Palma’. Aquí dimos la espalda a nuestros urbanistas, no se ha respetado ningún plan, se han realizado intervenciones que han funcionado como elementos aislados, sin formar parte de una idea unificadora y generadora de un fenómeno urbano significativo”, añade.

Los ensanches –y esta es una opinión que comparto con Rafa Forteza– que van de 1930 a 1970, ejecutados con variada fortuna, fueron perdiendo la alta temperatura cultural anterior y se vieron mutilados, en parte por falta de rigor conceptual en el trazado de las calles pero, por encima de todo, condicionados por un crecimiento urbano que obedece más a una estructura socio-económica de la propiedad que al rigor de los principios arquitectónicos de la cultura de los ensanches del XIX, más próxima al modelo de ciudad jardín.

Hoy en día, pasados setenta años, aún persisten los problemas a los que ya hacía referencia el arquitecto y urbanista Gabriel Alomar en 1941, cuando señalaba que, aunque los principales problemas de la ciudad estaban solucionados, quedaban pendientes asuntos de tanta importancia como la irracionalidad de las plazas, la falta de proporción en las vías, el límite entre zonas industriales y zonas residenciales, la ausencia de estética, inexistencia del límite del área de la ciudad, multiplicación de zonas extrarradiales… a lo que habría que añadir la dudosa actuación de los responsables políticos, la triste permisividad con los especuladores contagiados por el boom turístico y una notoria falta de rigor en la aplicación de las normas.

La situación actual de la ciudad habla por sí sola. La iniciativa de diseñar ejes cívicos es laudatoria. Queda aún la tarea, hasta el momento incompleta y fragmentaria, de entroncar estas intervenciones con la labor pionera de los urbanistas que nos precedieron y que, desde este mismo territorio, participaron en la expansión de las fronteras del arte de la mano de la arquitectura.

reuniones1ARTE,  ESPACIO PÚBLICO, SÍMBOLOS - En el tratamiento del espacio urbano, en su expresión estética y plástica, hay que entender y cuidar la relevancia del arte; porque cuando el edificio se convierte en arquitectura, la propia ciudad pasa a ser obra de arte, “entendido siempre el paisaje urbano dentro de un todo estético, artístico, urbanístico y arquitectónico”, aclara Rafa Forteza cuando estamos frente a su escultura, en la plaza de Santa Pagesa, segundo tramo de ese nuevo eje cívico que ha revertido a Blanquerna y alrededores su carácter de pequeña comunidad sin complejos, dinámica y abiertamente comercial. Es curioso, pero el escultor mira y habla de su escultura como si fuera de otro. Dice, por ejemplo: “En la actualidad, cómo no, en la interconexión e interacción entre escultura y arquitectura, al margen de la plasticidad, ha de actuar la ‘eficacia antropológica’ en la búsqueda del ‘concepto cívico’ sin menospreciar su interpretación en clave contemporánea”.

Lo advierte porque ya hemos comentado que la relación simbiótica entre escultura y arquitectura no siempre ha ofrecido resultados satisfactorios. Muchas ciudades ofrecen hoy una saturación de estímulos visuales que constituyen auténticas trampas hedonistas, “fuera de lugar”, artificios de entretenimiento que convierten al ciudadano en mero espectador, ajeno al poder transformador del arte. Ello se debe a que la suma entre arte, arquitectura y urbanismo deja de funcionar cuando es “arbitraria” y no fruto de una solución “integrada”, en cuya metodología artista y arquitecto adoptan decisiones conjuntamente.

En su caso, la actuación escultórica, al hallarse dentro de un proyecto definido, se planteó en continuidad con los detalles urbanos culturales más significativos. Por un lado, el "sitio" debía encontrar su vocación de estancia, sobre todo cuando la calle Blanquerna iba a perder su carácter de vía rodada para transformarse en espacio peatonal, así que la escultura tenía que encontrar acomodo (sitio) en el salón arbolado. También, pensó el escultor, la obra debería reivindicar su vocación de “sitio nuevo”, de pensamiento innovador que todo Ensanche lleva en su genealogía y que lo diferencia de la ciudad antigua. En definitiva, la intervención artística se proyectaba como elemento integrador, es decir, se trataba de introducir en el Ensanche un concepto contemporáneo que no impidiera su buena relación estética con la ciudad gótica a la que pertenece.

“Trascendido por el arte, el ‘sitio’ se constituye en símbolo”, dice Rafa Forteza en conversación con esa escultura ajena. “En el espacio delimitado por estas operaciones se formalizan dos niveles, donde se sitúan los elementos-símbolo recuperados de nuestras raíces. Los árboles que protegen las sabias leyes ancestrales; la iglesia, como recuperación de las enseñanzas de los canteros, vidrieros, herreros y ebanistas; la placeta y los juegos populares. El espacio-plaza, debido a sus dos cotas, crea un ‘crepidoma’ en el que aparece apoyada la escultura, haciendo de gozne para la conjugación de los elementos simbólicos. Todo contribuye a la celebración de actos públicos y juegos, además de la mera estancia”.

RIESGO - El paseo peatonal proyectado por el Ayuntamiento de Palma en Blanquerna es el principio de una serie de “ejes cívicos” destinados a recuperar el espacio público como lugar de vida ciudadana. La escultura, que se sitúa en el segundo tramo del eje, posee un título cargado de significación (Reunion-es) para un proyecto que fomenta la necesidad de impulsar la vida hacia otras esferas, de pedir “ese algo más” que es precisamente lo que otorga dimensión a la creación artística.

Rafa Forteza es un creador que dedica su abundante talento a la investigación de formas para situarse lo más lejos posible del arte como argumento instrumentalizador. Digamos, aunque suene a propaganda de entreguerras, que se sitúa más cerca del arte agitador. Su propósito no es estetizante, ni conformista, ni pretendidamente culto o políticamente correcto. Poco amigo de los formalismos –lo que en el arte como en la vida quiere decir muchas cosas–, cuesta imaginarse a este artista presentando una pieza como un objeto acabado que irradie armonía, belleza e inteligencia sobre el espectador. Y conste que esos tres factores están presentes en sus obras, pero no ostensiblemente visibles, porque estamos frente a un artista cuyo carácter, humor y estatura moral esperan que el espectador deje de ser tal y se convierta, no en artista, sino en un ser humano capaz de vivir al nivel de sus experiencias y su neurosis.

En Forteza, pintura y escultura deben entenderse como ramificaciones muy dispares de un mismo tallo, tan pronto son una invitación a la lectura de Duchamp, como una visita guiada a la memoria de Fluxus o transitar por la selva de la beat generation y empaparse en los jugos del accionismo vienés, pero no hay duda de que su discurso es el de un pura sangre enérgico y enemistado con cualquier tipo de espasmo, afectación y necesidad de epatar.

No ha de extrañar entonces que su propuesta artística para la calle Blanquerna sea, en principio, una obra que pervierte la idea del monumento/estatua. Todo lo que de caduco, legitimador y servil pudo tener el monumento decimonónico, se convierte aquí en espacio de información alternativa, un "memorial" tan despojado de forma (en apariencia) que reivindica la "apertura" total.

Y este particular memorial denominado “Reunion-es” alienta en primer término una intención clara: tomar posesión del espacio público como potencial de significación. Rafa Forteza pone su talento a la tarea común de renovar el espacio público, de reivindicar la placeta como medio de información, de discusión y de interacción de la memoria colectiva. Es escultura y es memorial. Su obra es un argumento de partida para iniciar la discusión, para reclamar. “Antes de proponer esta pieza, pensé en el espíritu de este tipo de paseo, en el significado clásico de eje cívico… que debería ser el de recuperar la calle, entrar en contacto, punto de encuentro, reuniones distendidas y todo eso. No sé, es como humanizarnos frente a tanto desafío tecnológico, ¿no? Quiero decir, dejar de intercambiar archivos y consumir bytes. Recuperar el calor de la calle. Y otra cuestión que me planteé fue el no caer en artificios decorativos, me niego a realizar una pieza con el único fin de satisfacer los afanes estéticos de nadie”.

No es la primera vez que Rafa Forteza cuestiona la creciente estetización (suscribirse a “lo bonito”), una golosina que está en todas partes y trata de la estandarización del gusto. Los ingredientes de la estatización son conocidos: ensimismamiento, escenificación del happening cotidiano –la moda, el cuerpo, la música, la publicidad–, la pantallización mediática, etc. “En esa actitud, ¿acaso no cayeron también las instituciones, que sucumbieron a lo estéticamente razonable? No me extraña que la cultura haya derivado en algo banal, en otro consumible”.

Lamentablemente, como ha insistido Forteza en toda su trayectoria artística, la banalización de lo público es algo que detesta porque no fomenta ninguna sensibilidad contracultural ni genera rupturas paradigmáticas. Lo que genera más bien es fortalecer la indiferencia crítica, la adoración del pastiche y el decorado. Estetización sin resistencia, éxtasis de la rebeldía controlada, lo más parecido a un concierto de rap subvencionado institucionalmente, un graffiti domesticado con el permiso de la autoridad.

reuniones2ENCUENTRO BLANQUERNA-FORTEZA - Quede claro, entonces, que la obra de este palmesano, razonablemente iracundo en los tiempos que corren, no es deudora de esa lógica que sublima el mercado y que ha construido una cultura efímera sin preocupaciones metafísicas. La suya es una obra difícil, comprometida y profundamente reflexiva. Que sea poco complaciente es lo de menos, aunque añade valor a su carga subyugante y demoledora.

Más que en ninguno de sus ensayos anteriores –debido a sus grandes dimensiones–, en la escultura de la calle Blanquerna vuelve a demostrar que un artista, antes que nada, es un compositor meticuloso y eficaz que persigue la armonía y la disonancia de los motivos, con independencia de que éstos se expresen a través de una escultura o sólo tejiendo conceptos y reflexiones. Un exhaustivo análisis a su producción de los últimos treinta años iría declinando las obsesiones de Forteza: el devastador paso del tiempo, la aceleración de la historia, la descomposición de un mundo, las tergiversaciones de la memoria, el ocaso de la cultura, el lenguaje de los signos, la dimensión estética de la poesía, la indiferencia al arte como síntoma de nuestro tiempo tecnocrático, el ser humano reducido a su desnudez existencial… y combinándolas (sus obsesiones) entre sí con extrema precisión hasta producir un cuadro, un tanto desolador, del mundo contemporáneo observado por un artista escéptico pero fiel a la épica del arte.

En este contexto, no debe pasar inadvertida la carga simbólica que para Rafa Forteza contiene la propia palabra Blanquerna. Significa entrar en el terreno de uno de los personajes más brillantes en la historia de Mallorca. Blanquerna significa Ramon Llull. “No podía pasar por alto este detalle. Blanquerna es un personaje que encarna el espíritu inquieto y emprendedor, a la vez que reflexivo y abierto. Sólo por ello, ya resulta estimulante diseñar una pieza para una calle que lleva semejante nombre”, admite.

Pero, más que en “Blanquerna”, se fijaría en otro tratado de Llull titulado "Libro del ascenso y descenso del entendimiento" que desarrolla el método escala del pensamiento luliano, según el cual hay "escalas del conocimiento" por las que se puede subir o bajar como si se tratase de amplias escalinatas. Para subir, hay que pasar de lo sensible (el conocimiento empírico) a lo inteligible, y a continuación a lo intelectual. Por medio de otro proceso paralelo y simultáneo al anterior, se asciende de lo particular a lo general y de lo general a lo universal. Dos de las piezas incluídas en el conjunto “Reunion-es” tienen nueve nudos que representan las escalas a las que se refería Llull, nueve modos escalares que, entre todos, permiten desentrañar de un modo sucesivo, gradual y cada vez más específico la naturaleza íntima de los seres y los fenómenos naturales.

Una tercera pieza del conjunto “Reunion-es”, corvada y más pequeña, representaría los modos de escalar, que Ramon Llull clasificó en modalidad lógica (contiene las escalas de la diferencia, la concordancia y la oposición), modalidad situacional (contiene las escalas del principio, el medio y el fin) y modalidad cuantitativa (contiene las escalas de la mayoridad, la igualdad y la minoridad).

reuniones3MEMORIA Y ACTUALIDAD - De modo que la escultura es la reunión de modalidades que conllevarían al entendimiento. Pero el artista buscaba más significados y pensando en la “eficacia antropológica” que exigía para su escultura, quiso que la pieza se elevara como un tótem, pero con la potente fragilidad con que Giacometti iluminó sus obras.  De ahí nacieron la vocación primitivista y las formas elementales de Reunio-es, y en su acabado tan deliberadamente rústico reside el recuerdo de la arcilla blanca en las manos de su infancia. Y en la (des)composición del conjunto, el inconsciente del escultor casi parece  evidenciar la complicidad parental con el siurell (memoria), pero sin perder de vista que el objeto estructural no es lo que se ordena, sino lo que se mueve en el caos. Lo que transforma, inquieta y revela es el caos.

Las referencias antropológicos y metafísicas no le apartan del sentido (concepto) contemporáneo que impregna toda su obra. Es un hombre atento a los acontecimientos de su época. “La reunión –dice– es un elemento civilizador, todo lo contrario a las patologías modernas derivadas del aislamiento individual. De manera que también quise que en esta escultura hubiera una referencia en torno al debate arte-tecnología”. Para el escultor, ya no se trata sólo de cuestionar el impacto digital sobre la sociedad o reflexionar en torno a la ideología del confort, sino de preguntarse sobre la necesidad y los límites de una tecnologización creciente de la vida.

Como en un juego, la escultura toma ahora la apariencia de extraños personajes –¿protagonistas de una aventura gráfica de ciencia ficción?– de inspiración minimalista. “Lo que ahora sabemos, en pleno siglo XXI, es que la tecnología no es un a priori de la existencia humana y su posesión no obedece a las leyes de una selección natural de la especie. Sus determinaciones, desde su funcionalismo a su carácter manipulador,  pueden ser revisadas, relativizadas o revertidas”, argumenta para explicar que esa apariencia futurista que ofrece Reuniones-es es pura ironía, que imaginemos que son piezas de deshecho, restos arqueológicos de una estación orbital que ha quedado obsoleta antes de ser concebida. “Existe la creencia de que el consumo tecnológico, esa gigantesca pantalla libidinal, nos liberará del horror vacui, vivimos como si lo real, lo neuménico de la libertad, estuviera anestesiado en la esquizofrenia telemática, eso sí que es pura ironía, ¿o no?”.

Así, Rafa Forteza se apropia del “tema tecnológico” y lo revierte hacia la “eficacia antropológica”: el destino de la tecnología es la obsolescencia, no nos hagamos ilusiones. Muchos pensadores cuestionan la tecnología como manifestación del “futuro en el presente” –tal como lo había hecho Vito Acconci en su ensayo Television, Furniture and Sculpture: The Room with the American View– para poner en evidencia lo que sucede con más frecuencia, en virtud de la misma carrera tecnológica: su permanente ingreso en el pasado.

“En el terreno de las relaciones arte-tecnología –aclara el escultor–, hemos pasado del optimismo tecnológico, pienso en las obras de neón de Gyula Kósice y Lucio Fontana, a una etapa crítica donde es evidente que cualquier incursión en el terreno del arte y la tecnología debe plantearse no sólo en términos de hardware y software, sino también, en clave analítica, crítica e incluso táctica. Es un debate antiguo, pero que hoy sigue estando de actualidad, deberíamos ser más críticos con la tecnocracia”. Dice debate antiguo y recuerda que ya en 1964 el artista Nam June Paick presentaba en sociedad a K-456, un robot construido a partir de desechos industriales. Años más tarde, en 1982, K-456 protagonizaría el “primer accidente del siglo XXI” –First Accident of the 21st Century–­, acción realizada a las puertas del Whitney Museum of American Art de New York. Lo curioso es que se trataba de un robot torpe, totalmente dependiente, incapaz de hacer nada por sí mismo. Semejante paradoja tecnicista sirvió al artista de origen coreano para poner en entredicho las políticas utópicas que auguraban el reemplazo del trabajo humano por las máquinas. “Paick  –aclara el escultor– no sólo usurpaba a la tecnología la patente de ‘alta eficiencia’, sino que  desviaba la atención hacia cuestiones más básicas, como la pertinencia del  paradigma del desarrollo tecnológico constante”.

“Como Nam June Paick, yo utilizo la tecnología para odiarla adecuadamente”,  e ironiza apuntando al hecho de que el desarrollo software y todos los mecanismos de complejización tecnológica han configurado ese aspecto tecno que ofrece gran parte del arte contemporáneo. Las metáforas tecnológicas se traducen frecuentemente en imágenes de ciencia ficción, íconos hiperdinámicos, transiciones por desmaterialización, sonidos mecánicos o exaltados electrónicamente, diseños futuristas y toda una serie de temáticas y propuestas con un look que refuerza esa imagen de “incursión del futuro en el presente”. De ahí que Rafa Forteza de un paso adelante y elabore una escultura (¿tecno-kitsch?) con los restos arqueológicos de la tecnología. Una ironía futurista para preguntarse acerca de la esencia híbrida que impera en gran parte de la producción artística contemporánea y que trasluce en las múltiples referencias a los mass media, la historia del arte, la publicidad, la vulgata científica y tecnológica, los estereotipos manga o la industria del entretenimiento, apropiados a la manera de ready made en sus productos. “Quizá por ello las ferias internacionales de arte son hoy un circuito dominado por la eliminación de los rasgos particulares y la homogeneización estilística. Y de la indiferencia estética al vacío conceptual y al hastío, sólo hay un paso”, aventura. Y pregunta: “¿Es por lo que Jean Braudillard sugiere que el mundo en el que vivimos ha sido reemplazado por un mundo copiado, donde buscamos nada más que estímulos simulados?”.

En este contexto, y en medio de los esfuerzos y la cuantiosa inversión financiera tendentes a transformar la sociedad (las ciudades) en un espectáculo multimedia, Rafa Forteza contrarresta la inocuidad generalizada con una obra radicalmente sencilla, nada nostálgica, muy low tech, pero de connotaciones profundas; una reflexión sobre la comunicación, el entendimiento y la memoria, que constituye una toma de posición política y encarna a la perfección las palabras de Robert Morris, para quien “la simplicidad de la forma no implica la simplicidad de la experiencia”.

En cualquier caso, confiemos en que la proliferación de ejes cívicos contribuya a que la ciudad abandone su comportamiento errático en materia de urbanismo y que con buenas artes los ciudadanos seamos capaces de salir de nuestro ensimismamiento. Cuando eso suceda, quizás no nos resulte sorprendente constatar que, en este universo expansivo y polifónico en que vivimos, aún existen voces familiares que nos convocan a una reunión.

Palma, marzo de 2010

Fotografías: Natasha Lebedeva
 

 
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