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TRÍPTICO DEL TIEMPO
José Carlos llop

I. JE ME SOUVIENS

rafalloprus1. El estudio como metáfora. Extrarradio. Interior. Tarde. Cuando uno entra en el estudio de Rafa Forteza el tiempo se transforma en otra cosa. Al principio no se sabe muy bien cuál es esa otra cosa. El estudio es suburbial. El estudio es blanco. El estudio es subterráneo. El estudio es un espacio fuera del tiempo y de la historia. Eso es al principio. Luego, se oyen las voces de unas niñas. También el ruido de unas cañerías. Pero el tiempo –su medida– ha desaparecido: ahora es otra cosa. Neones blancos.

2. Rafa Forteza tiene las orejas de Kafka. Yo creo que por eso somos amigos. Porque ambos tenemos las orejas de Kafka y a veces soñamos lo que oyó Kafka en el silencio de Praga. Los sueños son el lenguaje de los muertos. Jung afirma que los sueños son el idioma de la memoria de todos los tiempos. Gracias a Rafa, yo descubrí hace años otra manera de decir. La titulé "Casamatas bajo la luna". Rafa Forteza y yo vivíamos entonces bajo la misma luna. En nuestros sueños no teníamos las orejas de Kafka: sólo un fragmento de sus ojos. Como las moscas tienen los ojos hechos de múltiples fragmentos. Cuando el hombre sueña, no es más que una mosca que vuela sobre los detritus de todos los hombres y del tiempo todo.

3. La cábala. Desde hace muchos años, en los grabados y pinturas de Rafa Forteza aparecen unos signos escritos. Leidos uno detrás de otro, esos signos forman palabras: son siempre las mismas y forman la memoria primigenia de los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire. Esas palabras se han ido deformando con el tiempo. Sin dejar de ser las mismas han formado otras palabras nuevas: piedra o muro; cruz o ceniza. Estas palabras, no sus signos, son el alfabeto secreto de Rafa Forteza. La fortaleza de Forteza. La ciudadela de Forteza. No necesita más. Sólo una vida para descifrar esas palabras. Sólo una vida que recupere el viejo sentido  de esas palabras.

4. Busco el tiempo en este espacio blanco bajo las luces de neón blanco. Las formas del tiempo empiezan a aparecer a través de los colores, de las pinturas de Rafa Forteza. Cierta idea de infinitud, de inacabamiento, de acumulación en ese infinito: una piedra sobre otra, una palabra sobre otra. Su sentido de equilibrio. También de densidad. La densidad de un tiempo que no acaba porque es todos los tiempos. Rafa Forteza enciende un mechero y dice: "la columna infinita de Brancusi". Y yo veo entonces las piedras que forman la columna del tiempo: esas piedras son el espinazo moral de la pintura –de la vida– de Rafa Forteza.

5. Vuelvo a la Cábala. Su descubrimiento en un libro que forma parte de la educación sentimental –de la memoria por tanto– común: "Justine", de Lawrence Durrell. En El Cuarteto de Alejandría, la primera referencia cabalística. En las palabras pintadas, en las palabras rasgadas de Rafa Forteza, esa misma referencia renovada: el peso del tiempo que a su vez es el peso del mundo.

6. Otro sentido en el envés: las constelaciones mironianas (Miró las pintaba en la playa mientras en el cielo francés, de noche, aparecían los aviones de la Lutwaffe). El pensamiento de Edmond Jabés (Una cábala nueva que debe al surrealismo su salmodia y me quedo corto). Los escritos de Walter Benjamin (Me pertenecen sus paseos proustianos, sus pasos por los pasajes de París). La poesía de Paul Celan (El eco de sus palabras en las palabras disparadas de Rafa Forteza, no en las palabras pintadas, sino en las palabras dichas, en la pasión que Rafa Forteza deposita sobre las palabras de los que le acompañan). Escucho a Rafa Forteza con mis orejas de Kafka. Miro las orejas de Kafka que tiene Rafa Forteza. De repente, el estudio de Rafa Forteza es una sinagoga blanca, donde perdura el peso de la memoria infinita a través del peso de las palabras. El tiempo regresa poco a poco y es tiempo pero es otro tiempo. El tiempo ahora es un río y las orillas de ese río son la memoria del tiempo. Oigo cómo Rafa Forteza cita a Celan: "La memoria, ese peso". Le contesto: "Las orejas, esa maldición".

7. La sinagoga es un espacio blanco, pero también un espacio abigarrado: en el se encierra la memoria de la palabra, que es la memoria toda. Los cuadros se apilan como las lápidas de un cementerio judío. Busco las piedras envueltas con un papel. Esas piedras –ese peso– que los judíos depositan sobre las tumbas solicitando un deseo. No las encuentro y sin embargo sí encuentro un nuevo sentido del tiempo: las cajas: el tiempo encerrado en las cajas pintadas. Hay una mesa y sobre esa mesa descansan decenas de cajas de cigarros. Cajitas de metal y cajitas de cartón. No pesan: esa levedad les da una apariencia de vacío, pero yo sé que esa levedad miente. Su tapa está pintada por Rafa Forteza. Hay figuras humanas, rostros inhumanos y amapolas. La amapola de Celan. Luego volveré a ella. En las estanterías se apilan –como en los nichos de un cementerio cristiano– otras cajitas de tabaco sin pintar: esperan a ser pintadas. Unas cajas y otras encierran el tiempo de Rafa Forteza. De ahí que yo sepa que no están vacías, pese a la aparente ausencia de peso. Contienen el tiempo fumado en esta sinagoga blanca por el pintor Rafa Forteza. El tiempo de espera ante una tela. El tiempo de trabajo en esa misma tela. La gravidez del tiempo que encierran sus telas. Le pregunto a Rafa, pero ninguno de los dos recuerda si Kafka fumó en alguna ocasión. No hay fotografías de Kafka con un cigarrillo en los labios. Sólo él, flanqueado por sus orejas y con Felice un poco más abajo. La felicidad siempre está un poco más abajo.

8. Entonces Rafa me cuenta un cuento sobre la abstracción de la pintura. "Sólo Rothko y Pollock han sido pintores abstractos, y de los dos sólo este último lo fue durante todo su tiempo. Imagina las flores muertas de Celan. La amapola, esa adormidera que puedes consumir, que puedes comer, como puede comerse la pintura". Yo no imagino nada. Enciendo un cigarrillo para fumarme un fragmento de mi tiempo. Y tarareo en silencio una canción de los Rolling Stones, una canción de mi juventud: Send me dead flowers every morning... Mándame flores muertas cada mañana. Todo cuento tiene su canción y toda canción tiene su tiempo. Aquél se fue como se van las hojas secas de una flor cuando está muerta y hace viento. A veces me visita como lo hacen las hojas secas arremolinadas en un jardín: nadie sabe de donde proceden todas y cada una de esas hojas.

9. Entonces Rafa me cuenta otro cuento. Antes, enciende también un purillo y empieza a hablar como si tarareara una canción. Dice: "¿Sabes? En mi casa yo soy el rabino. Todo llega a mí a través de una de mis hermanas, siempre el lado femenino. Ella me dice: hemos pensado que... y en ese plural se encierra lo que han hablado antes de hablar conmigo. Después, yo digo la última palabra y mis palabras, en el fondo, no son las últimas, sino las primeras. El círculo vuelve a empezar a partir de ellas. Pero yo jamás he buscado que las cosas sean así". Cuando calla, yo no enciendo un cigarrillo, ni tarareo ninguna canción.

10. Antes de salir de este estudio donde el tiempo ya ha vuelto a ser lo que el tiempo ha sido siempre, yo le cuento un cuento a Rafa, un cuento que no es mío, un cuento que he leido en los Diarios de Kafka. Digo: "Una noche de invierno, un anciano recorría las calles entre la niebla. Hacía un frío glacial. Las calles estaban desiertas. Nadie pasaba por su lado, sólo de vez en cuando veía a lo lejos, medio perdidos entre la niebla, la alta figura de un agente de policía, o una mujer envuelta en pieles o mantones. Nada le preocupaba; sólo deseaba ir a ver a un amigo en cuya casa no había estado desde hacía mucho tiempo".

Extrarradio. Exterior. Tarde. Unas niñas canturrean en la calle. Un viejo las mira fumándose un puro, apoyado en la esquina de una casa que es la esquina donde el tiempo está perdiendo su nombre. Al abandonar ese extrarradio, el estrépito de la ciudad. Casas perdidas. La memoria de ambos, ahora, son dos casas perdidas en el tiempo. En ellas, los bulevares pintados, los bulevares escritos, las orejas de Kafka que desaparecen en un cine de los años cincuenta, cuando Kafka estaba muerto y nosotros empezábamos a vivir sin saber lo que iba a ser la vida: bulevares.

II. LAS OREJAS DE KAFKA

rafalloprus2Hace veinte años Rafa Forteza me pidió unos poemas para una serie de grabados que iba a publicar en edición de bibliófilo con Tristan Barbarà. Pensé que la mirada de Rafa y mis poemas eran como las vías de un tren: marchaban en paralelo, pero no llegaban a tocarse. Aunque en asuntos ferroviarios, pensé también, siempre nos quedan las traviesas, que son las que unen esos raíles paralelos y solitarios. Esas traviesas de madera consistían en nuestro caso en una afinidad generacional –Forteza nació en 1955 y yo un año después–; en el conocimiento que ambos teníamos de la obra del otro; en una amistad que se había trabado algunos años atrás y, last but not least, en que ambos teníamos las orejas de Kafka. Este asunto de las orejas es un asunto más importante de lo que en principio pueda parecer. Tener las orejas de Kafka es algo que hoy podría confundirse con tener las orejas del doctor Spock, o las de un elfo, ahora que los elfos se han escapado de los libros de Tolkien para ganar unos óscares en Hollywood. Esto ocurre porque muy poca gente sabe ya cómo tenía las orejas Kafka –creyendo que Kafka es un adjetivo emparentado con la complicación– y sin embargo todo el mundo sabe cómo las tiene el doctor Spock y cómo las gastan los elfos con un arco entre las manos. Pero ése no era nuestro asunto.

Más allá de la fisiognómica –esa ciencia de Lavater que ha servido para achacar defectos anímicos imaginarios al género humano– tener las orejas de Kafka suponía varias cosas a tener en cuenta en nuestra colaboración. La primera, algún eslabón genético si no común sí parecido. La segunda, cierta sombra praguense bastante más determinista que el empirismo lavateriano. La tercera, una forma de escuchar el mundo, relacionada con el hombre que cuando empezó la Gran Guerra se fue a nadar. La cuarta, una sentimentalidad errática. La quinta, una forma de entender la propia casa –como recreación de un espacio perdido tiempo atrás, por un lado, y como manifestación anímica, por otro– que sí era común. Esto de la casa puede no entenderse salvo si se piensa que el interior de las orejas tiene forma de caracol –concretamente de la especie Nautilus– y la concha del caracol es una casa portátil. De ahí lo errático de la sentimentalidad; de ahí la comprensión del espacio-casa como rescate de un mundo perdido tiempo atrás. Y la sexta, era el acercamiento a una poética mironiana a través de los signos: los círculos ocelados de Miró en su caso, las palabras circulares del poeta Foix en el mío.

Estas circunstancias y otras más íntimas, que por serlo no vienen al caso, me hicieron pensar en la posibilidad de un parentesco llamémosle literario. Cosa sorprendente, porque a primera vista la pintura de Rafa Forteza nada tiene de literario. A primera vista digo, porque luego asoman por ahí Walter Benjamin y Edmond Jabés y Paul Celan, como quien se toma un vermuth a la orilla del Sena. Así que las traviesas eran más importantes que los raíles y de eso se trataba. Le dije que sí, le pedí los grabados, los dejé sobre mi mesa de trabajo y me fui a dormir. Aquella noche soñé que Kafka me hablaba de la cola de un pavo real.

Durante unos días miré los grabados de Forteza. Observaba sus rostros atravesados por puntos de sutura que eran los raíles de una vía ferroviaria, los ojos que eran esos ojos tornasolados que coronan las plumas de los pavosrreales y un mutismo perteneciente al silencio parlante de las calaveras amontonadas en una fosa común. Después me iba a dormir. Cuando hubieron pasado siete noches con sus siete momentos previos de observación de los grabados de Forteza, tuve un sueño donde aparecía una máscara asiria sobre la tapia de un jardín. Me levanté y lo escribí. A la noche siguiente soñé con olivos y un centurión romano salido de las páginas de Quo vadis... Me levanté y lo escribí. La siguiente noche soñé con las fronteras rocosas del Tíbet, y otra noche con un mah-jong misterioso que se jugaba en el interior de un galeón fantasma, y otra noche con unos ladrones de arte románico y así sucesivamente durante diez noches consecutivas en las que después de soñar me levantaba para escribir mi sueño junto a la carpeta cerrada con los grabados de Rafa. En el último caía la nieve sobre los bulevares de una ciudad extraña y esa ciudad era Praga y en esa ciudad Franz Kafka compraba unas castañas asadas.

Aquellos sueños escritos los titulé Casamatas bajo la luna y aparecieron con los grabados de Rafa en una bonita edición de Tristan Barbarà. Aquellos sueños –que guardaban cierto parentesco con los poemas en prosa de Max Jacob, J.V. Foix o J.E. Cirlot– no los habría tenido, posiblemente, nunca, de no haber conocido a Rafa Forteza. Aquellos sueños serían, años más tarde, el origen de otro de mis libros, El canto de las ballenas, esta vez ya sin sueños previos. Entonces pensé en las orejas de Kafka y supe que en las orejas de Rafa Forteza y en mis propias orejas existía una forma común de interpretar el mundo cuando los ojos duermen. Pues los ojos del sueño no son los ojos sino los oídos, que permanecen despiertos. Desde entonces miro a Kafka de otra manera, como un oriental mira a un pope ortodoxo. Desde entonces voy ahí donde Rafa me llame, sabiendo que tras esa llamada estará también el fantasma de Kafka. Y en la ceremonia nocturna de los sueños sé que habita la casa que Forteza y yo compartimos: la casa de los símbolos –que son el origen de la poesía– y donde los raíles de un tren no viajan en paralelo sino que se encuentran una y otra vez mientras la noche es noche y la pintura se refleja en la poesía mientras la poesía lo hace en la pintura.

III. EL TIEMPO, AHORA

rafajoverrus4Hay artistas influidos por su tiempo y otros que crean su tiempo particular. Rafa Forteza pertenece a esta familia pictórica. Rafa Forteza es un artista que se niega a que el tiempo sea uno solo y pinta su propio tiempo, donde caben todos los tiempos. En eso, el tiempo de Rafa Forteza es como la buena literatura pero sin confundir: aunque la palabra –o el signo– siempre esté presente de algún modo en su pintura, la suya no es en absoluto una pintura literaria. Pero detrás de ella está la literatura como está el pensamiento.

Hay un pintor antiguo y otro moderno –contemporáneo, quiero decir– que se dan la mano en Rafa Forteza. Ambos viajan a San Petersburgo. Ambos abandonan Mallorca para llenar las paredes del Museo de Mármol, como Brodsky llenaba sus imágenes de Venecia recordando el perfume de algas heladas en el Báltico. La antiguedad o la contemporaneidad en Forteza son muy particulares, porque a menudo me cuesta discernir cual de los dos factores va más deprisa: si la época –por deprisa que vaya la nuestra– o la pintura de Rafa Forteza. Quién atrapa a quién. Y suelo acabar inclinándome por la pintura y su voz antigua y su modo nuevo.

En las primeras salas de esta exposición se contemplan una serie de cuadros realizados entre 2005 y 2008, que configuran un fragmento antológico del corpus forteziano. En esas pinturas se despliega el mejor Rafa Forteza –o una parte de él– en una cartografía que encierra al mismo tiempo teoría y práctica, pensamiento y vida. La destilación de su tiempo particular. Muchos pintores se quedarían ahí. Se instalarían en el triunfo de la consecución de una voz propia, cada vez más refinada y apreciada. Rafa Forteza no: eso –o su simulacro– se lo deja a sus imitadores, que ya los tiene. Rafa Forteza gira bruscamente cuando el espectador menos se lo espera y construye esculturas apaches o inunda de collages hechos con pequeños fragmentos de tela o papel, un lienzo al que la pintura no le basta y a la vez la pintura lo es todo. Y luego los tiñe de rojos, rosas y naranjas en una combinación indecible en cuyo marasmo luchan fragmentos verdes y azules. ¿La alegría? En absoluto: el reflejo de lo contemporáneo –de la publicidad a la televisión y al fondo, la lección de Joan Miró– en el tiempo privado del pintor mallorquín.

De ahí proceden las pinturas que copan el resto de salas fortezianas del Museo de Mármol. De ese canibalismo del tiempo para asimilarlo en su propio tiempo. Nabokov –otro exiliado de San Petersburgo, como el poeta Joseph Brodsky– le dedicó a eso un capítulo entero de Ada o el ardor. Rafa no necesita de un capítulo. Le basta un verso. De Paul Celan. Ese verso rige su tiempo. Ese verso dice: ‘No hay nadie que testifique por el testigo’. No lo habrá nunca. ‘No hay nadie –dice Forteza– que pueda estar en el lugar del creador’. Tampoco lo habrá nunca. Pero para eso está el tiempo del creador: para hacer que los demás habiten en él de una forma distinta a la que habitan en su propio tiempo, que es el común. Y ahí, Rafa Forteza descarga sobre la pintura, sobre el hecho de pintar, y dice: ‘1) Uso una paleta no sensitiva, una paleta que crea la única realidad, sin remitir al espectador a nada suyo particular, a nada suyo real. 2) Me interesa lo mentirosa que es (la pintura). Te hace imaginar algo que no puede existir nunca en su carácter biplano. Y 3) A través de la razón voy triturando el espacio hasta hacerlo tridimensional’. He aquí, en estos tres preceptos, la poética que habita ahora el Museo de Mármol. Como si habitara el hielo y lo incendiara en las luces del ocaso de su propio misterio. Del misterio del arte.

Vuelvo a Celan: ‘No hay nadie que testifique por el testigo’. Mientras tanto sigo atrapado en el tiempo de Rafa Forteza. Donde el espacio emite sonidos que ambos captamos con nuestras orejas de Kafka. Y el aire –ahora– se llena del perfume de algas que viene del Báltico. Como sus cuadros blancos que aquí no están, pero se transparentan en el silencio de las paredes.

    




RAFA FORTEZA
Existential Alchemy
The State Russian Museum / The Ludwig Museum in the Russian Museum
San Petersburgo
Inauguración: Jueves, 24 de febrero, a las 16’00 horas

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