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EL TEMPLOR DE LA MÁSCARA
Antonio Saura
 

sauragran1 ¿Qué nos diría un insecto en el caso ciertamente improbable de poder comunicar la impresión que le produce la contemplación de un rostro humano? Sin duda, al observar la proliferación de signos que surcan nuestra faz, su diversidad y complejidad, nos hallaría monstruosos. Aberturas, protuberancias y valles, simetría funcional de nuestros orificios pares, horizontalidad del orificio impar raja-boca, fragilidad de la forma central que comprende el revestimiento de lo extremadamente duro por lo extremadamente blando… Nos consideraría, ciertamente, tan monstruosos como nosotros los consideramos a ellos, esas criaturas sorprendentes, resumidoras de lo monstruoso.
La impresión que sentimos al contemplar esta serie de imágenes fotográficas que Julia Calfée ha realizado a partir de unas esculturas de Rafa Forteza, resulta verdaderamente contradictoria: por una parte somos conscientes de contemplar una especie de rostros o de máscaras aproximadas, máscaras de seres inexistentes, ciertamente monstruosos, y por otra, dada la distancia que se opera entre la imagen observada y nosotros mismos –sequedad, momificación, imposibilidad de clasificación o de identificación– tenemos la impresión de ser observados a través de una mirada vacía, inexpresiva, terrible y monstruosa. Ojo ciclópeo de la cámara, ojo repetido de ciertas cámaras, rostro desecado de momia peruana, vendaje del hombre invisible, ropa-cuerpo, seco capullo, rostro gritador de Munich, homúnculo de Goya, forma de asteroide, máscara Maprik… Las órbitas, vacías como agujeros negros, surgen del vendaje para indicar, de forma aleatoria o efímera, rostros que parecen formarse y deformarse continuamente marcando rictus grotescos, gestos pasmados o de sobrecogimiento. Girando alrededor de su signos matrices, de sus ATRACCIONES CAPITALES –como si se tratara de internos puntos cardinales– cintas de deshidratadas carnaciones se envuelven o se desarrollan para ofrecernos el resultado de un extremado retorcimiento, de una acumulación de espirales que parece tender hacia una nueva organicidad, hacia una nueva metamorfosis. En realidad, junto a estos signos de un evidente dinamismo constructivo, aparece como conclusión un universo espectral, caduco y desecado, como fosilizado en un instante preciso de su incipiente desarrollo.
La forma monstruosa emerge, afirmativa y a un tiempo inconclusa, de un fondo de absoluta negrura. La radicalidad de este universo intemporal de noche oscura, de intensa iluminosa penumbra, acentúa la abrupta y dislocada sugerencia, así como también el interesante desplazamiento compositivo, la asimetría que preside la mayor parte de estas obras y que colabora de forma eficaz a la presencia del vacío en el que aparecen los espectros. En tan extremada ascesis ambiental no tiene cabida ningún objeto, efecto o artilugio, que no conduzca a la afirmación lumínica del monstruo, pues el monstruo – en este caso reducido a un aislado inventado rostro – se nos ofrece doblemente monstruoso al ser sorprendido abruptamente por la luz, violentado y deformado aún más por ella.
Estética asimismo monstruosa: al ser devuelto sobre el papel fotográfico, otorgado de la DISTANCIA que su propia calidad artística lo confiere, lo innombrable se convierte en veraz y patética presencia, en rostro mirador de nuestro propio enigma. Temor y temblor: las poderosas imágenes de Julia Calfée nos remiten al universo intemporal de la máscara para mostrarnos metafóricamente, junto a la belleza del monstruo y su frágil inmadurez, su salvación plástica y el reflejo patético de nuestra propia condición.


Cuenca, diciembre de 1995
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