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EL QUEGRANTAHUESOS
Joan Punyet Miró
 


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Empuñando un mazo resquebraja cabezas como hacía el hombre primitivo con los huesos de bisonte para nutrirse del tuétano. Saborea los trozos de cráneo separando, con su afilada mirada, los restos de cuero cabelludo que aún quedaban como una reminiscencia de un pasado incierto. Chupa la parte interna del cráneo que fue acariciada por el cerebro. Lo saborea para darse cuenta que no era nada más que eso: Un simple cerebro. Su gusto parecido al del hígado le desagrada, provocándole unas náuseas que le hacen vomitar el suyo. Forteza ya no tiene cerebro… como las cabezas que pinta, su cabeza también está llena de vacío. El vacío que no deja espacio para burdas figuraciones imaginativas. El vacío le corroe las tripas como un cáncer capaz de purgar un vulgar cuerpo de todas sus células sanas. Sí, las sanas… Las que hoy en día llamamos sanas… Esas células sanas que mantienen muertos seres inhumanos que conocen el precio de todo pero el valor de nada.

Nunca en mi vida había visto tanta gente muerta en cuerpos vivos. Nunca puede uno pensar hasta que punto tendremos que llegar. Nunca se puede imaginar el punto que se debe alcanzar para sacar ese maldito pelo de la sopa de letras… Nunca podemos dejar de preguntarnos porqué no matamos antes a ese cínico que no hace nada más que merodear por la acera transitada por gente muerta que aún sigue con vida. Quizás Forteza nunca pudo gozar tanto como ahora, al poder matar a alguien para ofrecerle una segunda oportunidad. La acción de agrietar sus cráneos para trastocar tanto hermetismo óseo es la contribución del artista para liberar sus almas apresadas por la conciencia en sus interiores opacos.

Su voracidad, la de la conciencia, es la más sangrienta asesina que me he cruzado en mi vida. Oprime, seduce, acomoda, descuartiza, censura, rasga, ahoga y, aún peor, asfixia toda curiosidad que pueda inducir a un mínimo riesgo provocado por la experimentación. Antonin Artaud llamó a Van Gogh el suicidado de la sociedad: Cierto. Su suicidio fue el rechazo usurpador de una macro-conciencia que cierra puertas y pone fin a vidas mediante una fuerte presión en la empuñadura de una navaja que va seccionando con nitidez las arterias de un cuerpo no-humano. Porque el hombre, hoy, en su mayoría, ya no es humano. La raza humana se ha extinguido y únicamente queda un depredador insaciable, tan ignorante que es incapaz de entender que su avaricia le está destruyendo de forma inexorable. Y, ante tal situación, Forteza se rebela al intentar descifrar los pormenores de esa furia camuflada detrás de un cuerpo, de una cabeza, de un rostro llamado no-humano.

Forteza pinta con energía. Su mano es constantemente raptada por un instinto tanto o más depredador que sus homólogos. En cambio, él dirige esa fuerza destructora y perturbadora hacia el papel, dejando que la presión se ejerza sobre él… atravesando la falsedad de una simple cara. ¿Cuántos asesinos tienen cara de ángel? ¿Cuántos psicópatas, pederastas y violadores pasan por delante de mi casa sin darme cuenta? ¿Cuántos de ellos me miran fijando su punto de mira en mi frente? Nunca lo sabré porque resulta imposible distinguirlos. Nunca sabré quién es quién si no me propongo un ejercicio muy difícil: Distanciarme de todo. Dejar que mi intuición me lleve por el sendero que atraviesa el valle de las penumbras para sentir lo mismo que siente Forteza cuando pinta cabezas. Lo que vemos es falso y lo que sentimos o intuimos es real. Forteza lo sabe y lo utiliza para que los síncopes viscerales de su subconsciente puedan llevarle adelante sin necesidad de traicionarse. Forteza es una fortaleza inalcanzable para todo lo aparentemente real porque, en ese caparazón cósmico, sólo la alquimia elabora las raciones que nutren el subsuelo de sus estratos espirituales donde arraigan las plantas del saber y del intuir. Estas plantas invisibles producen estos dibujos fracturados.

Munch, Giacometti, Basquiat y Saura son los artistas que llaman a la puerta cuando mis endiablados ojos atraviesan las cabezas de Forteza. Su fuerza, que marca el soporte con rabia, surge de una terrible ebullición interna, de un alarido irreversible que marca su existencia. Sólo un caminante ágil puede descifrar estas rupturas, estas transmutaciones palpables únicamente en un ser poseído por la reflexión y la curiosidad. Estas dos características le obligan a seguir un camino tortuoso que le indicará cada día la dirección que no debe seguir…, es decir, la de los demás. Rechazar entredichos y encrucijadas tiene un precio, y Forteza lo sabe, siendo sus torturadas disecciones un claro ejemplo de ello.

punyetgran1Son las doce de la noche y sigo atónito frente a este ejército de fantasmas esparcido sobre la mesa de mi escritorio. Cada vez que levanto la mirada del papel una de ellas me golpea. Ahora mismo acabo de distinguir una cabeza gris poseída y dominada por unos ojos enormes compuestos por un torbellino que crea un agujero negro, una elipse, un huracán que me absorbe hacia su interior. Me recuerda, de alguna manera, los ojos de Giacometti tan bien captados por el fotógrafo Ernst Scheidegger. Esa mirada sonámbula, torturada y frágil de un artista que teme más a su muerte  espiritual que a la física. La banalidad de lo físico no ocupaba lugar en su día a día; por eso fue artista en vez de banquero.

Otra cabeza ha sido rasgada con un instrumento afilado, empuñado con fuerza y dirigido por la rabia característica del inconformista. Esa ave  rapaz que debe torturarse y cuestionarse continuamente entre las sombras de su estudio estrellándose, a menudo, contra sus muros sin encontrar la salida cuando… más que encontrarla… debe señalársela a la innata furia primitiva irradiada por el centro energético de su alma. El resultado de tal ebullición resquebraja cartones y papeles; y eso no lo hace Rafa Forteza, sino un primitivo instinto animal adormilado durante demasiado tiempo en sus entrañas que ha encontrado, al fin, una vía de escape.

Rafa Forteza se ha encontrado a sí mismo. Ha sabido liberar lo que los demás enclaustramos irremediablemente en nuestro interior… en nuestra sentina…, mezclado con el aceite y la gasolina proveniente de los motores que únicamente podría provocar un aparatoso accidente. Hay que dejarse llevar… desconcertarse… auto-evitarse… auto-repudiarse… desinhibirse… evadirse de la maldita normativa clasicista que secciona  de un golpe seco la cabeza de nuestro mejor guía: La sombra. En el interior de sus tinieblas y brumas, acobardados por el temor que nos inflige, podemos aullar como un lobo solitario en plenilunio. Dejemos que el ala de la noche nos cobije cerca de su pechuga para escuchar, así, los latidos de su corazón nocturno, distante, de un corazón que bombea sangre negra por sus venas. Ese ser intemporal e impalpable revolotea sobre la cabeza Forteziana cuando se encuentra solo en su estudio. En silencio, la noche-alada da caza a todas las imágenes que escapan del choque entre el sueño y el ensueño para ale-jarlos del lugar de la erupción… de la purga… de la catarsis que ha expulsado lo no-deseado para rasgar la tela que mantenía dos mundos etéreos en esferas diferentes y equívocas.

Millones de cabezas se entrelazan en el espacio de su imaginación, recorriendo apresuradamente el interior de su cráneo vacío, desamueblado y relleno de nitroglicerina que, al levantar de nuevo su ceja derecha, activará de forma irremediable el dispositivo… Las cabezas serán liberadas tras la explosión y, con ansiedad, tendrá que cazarlas al vuelo para robarlas a la noche y devolverlas al día, donde no pertenecen, asentándose con calidez sobre la hoja de un cuaderno de espiral. Un soporte que le permite evadirse del monstruo de mil cabezas que le persigue en sus sueños para, ferozmente, sorprenderle y cortarle cabeza tras cabeza, sin dejar ni una para guiar su desmembrado cuerpo. Forteza se ha convertido en un cazador de cabezas, en un depredador que secciona de un solo golpe y aplasta de un solo pisotón los sarcasmos que le inducen a evadirse de su progenitor…

Al levantar de nuevo los ojos y dirigirlos hacia el lado opuesto de la mesa, percibo una concepción ósea marcada por rastros contundentes trazados mediante un gesto vigoroso y fracturado, que nos permite entrever, a través de una fisura, la ira proveniente de un conflicto existencial que, a mi parecer, podría traducirse como la búsqueda de una verdad inexistente que ni él desea encontrar. ¿Para qué? Si lo único que le incita es saber que nunca la encontrará… En cierto modo, sigue una filosofía parecida a la de Pierre Soulages, cuando afirma que la pintura le muestra lo que busca, haciendo que emerja frente a sus ojos, sin previo aviso, sin cesar de sorprenderle… La cabeza que me confronta tiene los pómulos marcados y los ojos desorbitados. Sus dientes se han convertido en colmillos afilados y su boca carece de labios. Las fisuras que recorren el cráneo de derecha a izquierda están representadas con un zigzagueo agitado de un color ámbar, dándole la apariencia de un fósil.

punyetgran2Ahora disipo la nebulosa duda del porqué de esa caprichosa configuración y es que, no sólo ésa, sino todas las cabezas surgen de una mancha que les acoge y arropa. Hasta esta cabeza-cráneo no se atreve a transgredir los límites geográficos impuestos por la mancha. Ella le da vida, ella es su punto de partida, su embrión, su placenta y, al mismo tiempo, el campo fértil donde el poeta plantó su flor. Ese suelo provisto de minerales ha fortalecido la eclosión forzada y exigida por la mano anarquista de Forteza. El carboncillo indica el camino a seguir, secuestrando su ego y entregando su cuerpo desnudo a los avatares del destino, de la coincidencia y del azar, siendo los tres cercanos a su hermano mayor: El accidente. No olvidemos la importancia capital de éste en la obra de Forteza, gran director de orquesta de su creación plástica. Su soberbia rompe para crear y crea para romper, siendo, como no, el gran usurpador de la noche ordenándole mediante un silencioso susurro la dirección a seguir, el trazo ha realizar y el color a elegir. El accidente mueve continentes, corta cabezas, desgarra vaginas y corta penes. Nada es fértil sin el poder vacuo del accidente que, en el caso de Forteza, le obliga a olvidarse, a darse la espalda, a rechazarse constantemente para conseguir con éxito alejarse de si mismo. Esa inmersión en el pozo energético, ese sorbo en la marmita del druida le provee la valentía necesaria para coger el toro por los cuernos y entregarse a la vida. El encuentro accidental con una mancha lo disloca, lo parte en dos dejándole apenas fuerzas para reaccionar. La acción debe ser instintiva, salvaje… voraz incluso para adentrarse a golpes en la fisura que le permite encajar un golpe a su más duro contrincante: La duda. De ella surgen todos los temores que merodean en torno a los restos de nuestra paciencia. La duda, maldita sea su alma, no puede inmiscuirse en la percepción de un alarido, en el olor de un eco moribundo, o en el ataque frontal de un pintor enfurecido. El riesgo es demasiado grande para echar a perder el placer derivado de un riesgo tan significativo. Forteza la desecha, le pisa el cuello, le roba el aire para que desfallezca lentamente. No quiere volver a ser nunca más presa de la duda que, como a todos nos ha ocurrido, le hizo desfallecer frente a sus más estrictas convicciones.

Estas cuarenta cabezas que me observan me revelan más intrigas, dudas, obsesiones, dilemas, ambigüedades, convicciones e ideologías sobre Forteza que mi conversación con él durante dos horas. Sus fracturados rostros con miradas dislocadas, sombras enigmáticas y cruces cristianas dejan surgir a flote un alma poblada por contradicciones que entrelazan un código permeable a cualquier mirada ajena. La elíptica robustez de su evasión corpórea sustituida por la representación de una angustia, de una tensión,

de una dolencia, de una ruptura o de un simple fracaso aniquilan toda la solidez propiciada por una interpretación de caracteres contundentes sin sal… Así serían estas cabezas si no estuvieran com-puestas por unos trazos que dejan entrever conceptos puramente abstractos. La no-figuración sincopada de Forteza nos coge de la mano para conducirnos por la laberíntica personalidad del artista. La huella de Goya se percibe en la obra de Saura, así como la de éste último lo hace en la de Forteza. Rostros que son expulsados de la trastienda del horror y del universo de la pesadilla pululan por la serie de los Caprichos. Lo mismo ocurre con las deformadas cabezas del fundador de El Paso quien, con convicción, sigue con atención los derrapages del pincel sobre el lienzo sin poder hacer algo para detenerlos. Tan solo lo intenta. Sabe que debe dar vía libre a sus imágenes trastornadas, a sus personajes descolocados, a sus cabezas descabezadas. Forteza ha cogido el relevo. Ha asumido que de no hacerlo así, esos anhelos internos metamorfoseados en caracteres faciales con forma de nada que representan un todo podrían instalarse en el territorio de sus pesadillas… La no limitación espacial de las cabezas de Forteza las aleja de las de sus antecesores.

Estas están construidas por humos, sensa-ciones, nieblas y temores por lo conocido, intentando constantemente deshacerse de lo aprendido, absorbido e inculcado por unas personas ajenas a su universo. No tienen cuello. No están unidas a un cuerpo, ni a un mundo cercano al nuestro. Estas máscaras antagónicas a las del teatro japonés no indican, vibran, comunican, sufren, viven y transmiten la energía vital que conmueve y agita internamente el cuerpo del pintor provocando unas convulsiones que se ciernen sobre la oscuridad producida por la intensidad de sus sensaciones. La tensión interna se acumula, duele, rompe y altera el orden de su refugio interior. Esa fuerza caótica, transgresora, necesita canalizarse a través de una mordedura, de un zarpazo contra la cartulina que espera como una virgen la llegada del coito.

Basta de recapitulaciones y entresijos. El embalse está a punto de rebosar y el agua debe desbordar riachuelos, torrentes y ríos para regar las tierras de nadie. Eso es lo que hace Forteza. Dinamita los muros que contienen el agua de sus embalses internos para que inunde todo su cuerpo. Sus rostros de pastel y lápiz nadan sobre fondos de acuarela con gran facilidad, esquivando toda limitación cromática. Los colores elegidos son frescos, húmedos y cálidos, corroborando la comunión entre la esencia y el cuerpo, entre el contenido y el continente, entre la vida y la muerte. Tonos arcillosos se entrelazan posándose sobre un fondo líquido cuando ambos son marcados por el potente trazo de una cera, de un carboncillo o de un afilado lápiz que se hunde hiriendo el papel. Casi puedo verlo sangrar. Su herida está abierta pero no deja que su sangre invisible manche esa nube etérea compuesta de elipses, giros, golpes, arañazos y fricciones que liberan, una tras una, las rupturas internas del artista provenientes de su latente tensión espiritual.

Estas cabezas me han quitado el sueño y han habitado mi subconsciente durante dos noches consecutivas. La voracidad de su presencia se contagia, infiltrándose por mis retinas para llegar al fondo de mi agitado espíritu. Sólo puedo conseguir desviar la intensidad de sus miradas cuando mi pluma entra en contacto con el papel, de la misma manera que lo hacía Forteza para evadirse de sus perseguidores incorpóreos al darles una presencia sobre las hojas de su cuaderno. Esta catarsis le obligó a confrontar un ejército de miradas etéreas donde más duele: en las entrañas de su mismísima alma. En ella residía el secreto; en ella se escondían todas estas cabezas deseosas de seguir viviendo en su epicentro, sin ser expulsadas… sin ser exteriorizadas para nunca revelar sus códigos internos al visitante externo…

Palma, 6 de marzo del 2000

EL QUEBRANTAHUESOS / EL TRENCALÓS
Rafa Forteza – Joan Punyet Miró
Ediciones Joan Oliver “Maneu” Galeria d’Art, 2000
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