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EL BUCLE INTERMINABLE
Piedad Solans

piedadgranuno


Obsesionado por el tiempo y por la muerte, Occidente ha inventado dos figuras: el historiador y el arqueólogo. Ambos excavan, extraen, registran, recuperan, conmemoran los residuos de una historia que, para reconstruir, deforman. No hay objeto rescatado que no sea descontextualizado, fragmentado; recuerdo sin alteración. Paradójicamente, la mano, el ojo, la herramienta que escarba y rasca en los estratos y sedimentos de la tierra y la memoria acaba por destruir el objeto que descubre, convirtiéndolo en fósil de museo, archivo, mercancía o espectáculo. En una ceremonia necrófila. Nada en la cultura occidental se libra de la codicia y de la ansiedad por arrancar a la muerte sus restos. Occidente huye de lo efímero y de una muerte a la que fantasmalmente exhibe, admira, consume y fosiliza. El mundo así recobrado es un artificio construido por reliquias robadas al olvido. Buscando la verdad, historiador y arqueólogo fabulan, maquillan, mienten. No en vano el mito del tiempo en Occidente es el de Cronos, el padre que devora a sus hijos.

Si Rafa Forteza continuara la acumulación y proliferación de imágenes, el original desaparecería. Al contrario que el arqueólogo o el historiador, Forteza no recupera el objeto de origen ni detiene un final ficticio: tacha, cubre, disuelve, trama, muta y devuelve la acción a lo que es su destino: el caos, la entropía, la nada. Al vacío de una corriente que arrastra células, rostros, signos, ojos y máscaras en continua destrucción y creación. Su obra se urde en la inestabilidad de un sistema que en su desorden se estabiliza. En la confusión de unos lenguajes cuyos referentes no se refieren a un relato, una historia, una narración: son energía. Gesto. Masas de materia en ebullición, irradiaciones, resonancias, cadenas de formas en transformación infinita. Mirar las 126 obras de Forteza desplegadas en el espacio, en el suelo, en la pared es como asomarse a un agujero abismal y fagocitador que consume inmensas cantidades de energía al tiempo que genera cristalizaciones, pliegues, sedimentos. A un muro que es un mapa y una red, un depósito y una caja de huellas y de heridas. A un laberinto del que nunca se sale porque todas las conexiones conducen a una multiplicidad de puntos en expansión. Un bucle interminable.

Se produce así una cosmología donde cada forma despliega una relación dinámica con las demás al tiempo que tacha, oculta, suprime la anterior y genera la siguiente. Como en un viaje interminable, el pasado se borra y el porvenir se anuncia y es la energía la fuerza motriz que mueve el tiempo. Vorágine de la vida y de la muerte cuyo único equilibrio es la inestabilidad, paradójicamente concebida como un sistema aritmético, como una construcción virtual que parte de un momento cronológico, de la fijación al papel de un suceso aleatorio, de un motivo aparecido al azar. Así, el edificio que Forteza construye en torno al tiempo tiene su origen en la postal de una exposición de dibujos de Durero, punto de partida de una incesante multiplicación de fotocopias, impresiones digitales, pinturas y grabados, container inmenso de tensiones que se depositan y absorben en vacíos, posos y residuos que activan nuevas fuerzas y restos. El original subyace, casi desaparecido, enterrado por estratos, capas, signos; marcado por huellas; cortado como una herida por la acción de un bisturí. Perdida la historia, emerge la energía que la genera y el acto que la impulsa. De aquí la disposición de la obra en el espacio expositivo ya no en profundidad sino en superficie: un muro con ciento ocho piezas donde la mirada percibe todo en el mismo lugar, al mismo tiempo, y del cual surgirían y se podrían extraer, añadir o borrar infinitamente otras. Pues el límite de Forteza está en el corte que separa los bordes tanto como en las estrías de lo ilimitado. Ante esta red que atrapa, el espectador no tiene elección: la obra sale al encuentro, le apela e invade, se impone y lo absorbe en su trama de flujos, cruces, círculos, transformaciones y vacíos, impeliéndole a sumergirse en las diferencias y las variaciones del cambio.

Catorce piezas elegidas, surgidas al azar o desprendidas de la compacidad vertiginosa de esta red se disponen en la superficie de otra pared, a su vez alteradas y estratificadas por diversas técnicas: no rascar, sino acumular; no robar al tiempo sus objetos, sino dejarlos sedimentar, ser cubiertos por el limo de la materia, transformarse o desaparecer. Estratos sobre estratos, veladuras, espesores y súbitamente, en la red, en el muro, girando la mirada, reaparece el poema cuya palabra negra es huella/herida, o la disolución total: la nada blanca evocando el olvido, la suspensión del tiempo, la muerte.

Metáfora de lo cósmico que unos personajes, desde dos grabados dispuestos en otra pared, muestran como fuerzas de expansión, conexiones, radiaciones, recorridos: liberación del calendario, del reloj, de las momias y los espejos con que Occidente ha creado sus mitologías. Apertura de un viaje que se consuma e impulsa en cada acto y cuyo origen se desvanece, cuyo final nunca se vislumbra.

Texto para la exposición DIRÉ, DIRÉ DE +
Fundació Pilar i Joan Miró a Mallorca, Palma, 2004

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